La presente publicación es una transcripción textual de una ponencia de Nazareth Castellanos Puedes ver el video en su fuente original. Los resaltados son colocados por el editor del blog para enfatizar conceptos.
Yo tengo una hija que tiene cinco años. Ahora está aprendiendo a montar en bicicleta.
Y el otro día, por primera vez salimos a la calle. Ella estaba muy emocionada porque había aprendido a hacer algo que semanas antes le parecía imposible.
Pero claro, como ella es pequeña, no conoce los peligros de la calle. Iba muy contenta y se iba a acercar hacia la acera. En ese momento se acercaba un coche.
Pues, yo no sé como lo hice, como haría cualquier mamá pero en ese momento el mundo desaparece. Yo solo veía que mi hija se acercaba a la acera y sin darme cuenta volé como una gacela y conseguí pararla.
¿Qué es lo que le había pasado a mi cerebro? Pues que, técnicamente, había sido secuestrado por la amígdala.
En nuestro cerebro, en el interior, en las zonas más profundas, tenemos una estructura que se llama la amígdala. Se llama así porque es del tamaño de una almendra.
Es una zona muy importante porque está involucrada en la gestión de nuestras emociones. Es la que está implicada, la que se activa cuando hay algo que me gusta, cuando hay algo que no me gusta. Esto se descubrió por primera vez en el año 1984 en la Universidad de Nueva York. Y desde entonces la amígdala es la región de las emociones por excelencia.
Pero esa misma universidad, años después, descubrió que la amígdala tiene una peculiaridad y es que la amígdala es un detector de alarmas. Cuando hay algo que le parece que es alarmante, que nos pone en peligro, se activa de una forma muy, muy fuerte y activa una carretera secundaria. Es decir, no respeta la jerarquía del cerebro, activa una carretera y accede directamente a la corteza frontal.
La corteza frontal para la neurociencia es la joya de la corona. Es la zona que está más involucrada en la gestión de nuestra conducta, por ejemplo. Decimos así en un lenguaje un poco popular que es el cuartel general del cerebro.
Entonces, la amígdala cuando reacciona, cuando hay algo que nos da mucho miedo, cuando hay algo que tiene una emoción que es muy fuerte, toma el control de la amígdala. En ese momento bloquea los demás sistemas, nada más existe, sólo procesa la información en la que está involucrada, en ese momento, la amígdala.
Como os imagináis, esto es una ventaja maravillosa. En ese momento, pues yo reaccioné como una gacela y pude parar a mi hija.
Ahora bien, lo que nos dice la literatura científica es que cuando estamos estresados y en concreto, cuando tenemos estrés crónico o cuando tenemos mucha ansiedad, la amígdala detecta alarmas donde no las hay: nos enfadamos ante un motivo que a lo mejor no lo merece, somos muy reactivos emocionalmente, vemos cosas negativas por todos lados.
Esto es la neurociencia. Lo que se ha visto es que la amígdala se hipertrofia, es decir, su volumen cerebral aumenta. Es más grande de lo que debiera ser.
También se observa que la amígdala está hiperactivada. Las neuronas que componen esta estructura empiezan a emitir descargas eléctricas sin parar y generan un grandísimo consumo hemodinámico.
Esto hace que lo que era una ventaja para nosotros, se convierta en una de las mayores fuentes de insatisfacción vital. Estamos constantemente irascibles viendo problemas, a lo mejor donde no los hay, porque la amígdala ha bajado su umbral para detectar esas alarmas.
Desde la investigación científica estudiamos de qué formas podemos hacer que ese sistema amígdalino se regule. Es decir, no tiene que desaparecer, pero tampoco tiene que estar tan hiperactivado.
Una de las formas que estudiamos en la universidad es a través de la meditación. Como cuando realizamos meditación de forma regular, podemos moldear, equilibrar ese sistema. Siempre nos preguntamos, y yo que me dedico a la investigación: ¿Qué tengo que hacer para meditar? ¿Tengo que ir a vivir a un monasterio para meditar? No hace falta. No hace falta llevar una vida de retirada. No hace falta vivir en ciertas condiciones. No hace falta meditar un montón de horas, ni consiste en dejar la mente en blanco.
Lo que supone la meditación, lo que nos dice la neurociencia es que a los cinco días de empezar a meditar se empiezan a observar cambios en la estructura de nuestro cerebro.
Pero no es a partir de los dos meses cuando esos cambios ya son significativos.
Hay zonas que aumentan, zonas que disminuyen, conexiones que se generan.
¿Y cómo podemos empezar a meditar? Pues una de las formas más vistas en la literatura científica, que es más fácil para empezar a meditar, es empezar a observar las sensaciones de nuestro propio cuerpo. Es mucho más fácil observar las sensaciones de nuestro propio cuerpo que intentar controlar nuestros estados mentales, controlar nuestros pensamientos.
Una de las formas más comunes es, por ejemplo, observar nuestra respiración. ¿Cómo entra el aire? ¿Cómo sale? ¿Qué sensaciones nos produce cuando estamos respirando?
Cuando hacemos eso, lo que estamos haciendo es contemplar nuestros propios estados, observar nuestras propias sensaciones.
La respiración afecta a nuestro cerebro. Cada vez que nosotros inspiramos, la dinámica de nuestras neuronas cambian. La respiración es uno de los marcapasos de zonas tan importantes como por ejemplo, el hipocampo que es la memoria, la corteza frontal de la que hemos hablado, la amígdala que son las emociones.
Observar nuestra respiración aumenta la influencia que ya de por sí tiene la respiración sobre nuestro cerebro. Estamos observando uno de los procesos que más afecta a nuestra dinámica. Estamos trayendo nuestra atención al momento presente y estamos observándonos a nosotros mismos.
Y hora preguntaréis: ¿Qué tiene que ver esto con el secuestro amigdalino, del que hemos empezado a hablar?
Lo que vieron la Universidad de Munich es que cuando nosotros empezamos a meditar y meditamos, pues aproximadamente una media hora, 3/4 de hora al día, y no hace falta que sea todos los días, pueden ser unos cinco días a la semana, a medida que se reduce el estrés, se reduce la amígdala, y la amígdala vuelve a su propio tamaño. Recupera su equilibrio a medida. ¿Por qué? Porque lo que hacemos es observar de forma ecuánime nuestras sensaciones.
Hay un segundo mecanismo por el cual la meditación moldea nuestro cerebro. ¿Os acordáis qué hemos dicho que la amígdala, cuando secuestra nuestro cerebro, secuestra a la corteza frontal? Cuando nosotros estamos observando nuestras propias sensaciones, cuando nos estamos observando a nosotros mismos, estamos fortaleciendo la corteza frontal. Cuando la fortalecemos y la amígdala intenta secuestrarla, a la amígdala le va a costar mucho más secuestrarla.
Por tanto, la meditación aumenta nuestro bienestar, mejora nuestra inteligencia emocional, supone una mayor regulación emocional, nos hace tener una mayor prevención para esos secuestros amígdalinos. Es decir, mejora nuestra calidad de vida.
Al igual que a mi hija le parecía absolutamente imposible aprender a montar en bicicleta, pues lo que ha visto en la neurociencia y lo que nosotros vemos en el laboratorio casi todos los días cuando nos dice alguien: “Yo no soy capaz de meditar, yo no, yo no puedo”, pues nosotros en nuestro cerebro, nuestra capacidad de moldear el cerebro, que es la plasticidad cerebral, nos permite incorporar hábitos que nosotros no creíamos.
Y ya en la Grecia clásica, Plotino nos decía que:
“No soy como soy, sino como estoy acostumbrado a ser”
2000 años después, Ramón y Cajal nos decía que:
"Todos podemos ser escultores de nuestro propio cerebro"
Pero hay una razón más por la cual es importante que nosotros aprendamos a regular a nuestra amígdala, nuestro sistema amigdalino.
En el año 2015, la Universidad de París descubrió que para que nosotros podamos percibir lo que está sucediendo, el corazón y el cerebro se tienen que comunicar. Cada vez que el corazón emite un latido, las neuronas de nuestro cerebro tienen que cambiar su ritmo eléctrico. Gracias a esa comunicación, nosotros podemos percibir lo que pasa. Si nuestro cerebro no responde a los latidos del corazón, nosotros no percibimos lo que está sucediendo.
Pues una de las puertas por las que el corazón accede al cerebro es la amígdala. Aquella que nosotros moldeamos cuando podemos, conocemos y practicamos de forma regular la meditación.
Volviendo a la Grecia clásica, yo creo que la neurociencia corrobora que cuando aprendemos a conocernos nos convertimos en escultores de nuestra propia escultura.
Muchas gracias.
| Salu2 y bendiciones, Atte, Angel Paz | ![]() |
