Small Pencil Neuroresumen: El cerebro enamorado.

sábado, 21 de enero de 2017

El cerebro enamorado.

Aunque no se reconoce formalmente, el amor es un sentimiento fuertemente adictivo.

El amor ha sido, desde siempre, un tema central para la humanidad, sirviendo de fuente de inspiración para la poesía, la música, la pintura y el arte en todas sus formas. En los últimos años, gracias al desarrollo de modernas técnicas de imagen que permiten observar directamente lo que pasa dentro de nuestras cabezas, el amor se ha convertido en un tema de interés también para la ciencia.

El área cerebral más potentemente activada en los cerebros enamorados parece ser, con el consenso de todos los estudios de neuroimagen publicados hasta la fecha, el núcleo ‘accumbens’. Esta estructura constituye, en asociación con otras, lo que se denomina sistema de recompensa del cerebro, cuya activación resulta en una profunda sensación de placer y euforia.

Los estímulos capaces de desencadenar esta emoción son muy diversos, incluyendo el sexo, la exposición a situaciones, personas o ambientes nuevos, poco familiares, y un largo etcétera.
El sistema de recompensa se encarga de reforzar la asociación entre un estímulo capaz de generar placer y el estado eufórico al que conduce, potenciando los comportamientos de búsqueda y “consumo” de estímulos gratificantes.


Un sentimiento adictivo

Muy frecuentemente, las parejas dicen sentirse más unidas después de realizar un viaje juntas. Esta sensación no es una fantasía sino que parece tener un fundamento neuroquímico real. Se cree que, al enfrentarse de forma permanente a la novedad, la activación de este sistema refuerza la asociación entre la sensación de placer y la presencia de la otra persona, lo que contribuye a consolidar los lazos afectivos.

Todas las drogas adictivas se caracterizan por estimular este sistema, como hace el amor. Aunque –todavía- no se lo considera formalmente, el amor es un sentimiento potentemente adictivo. Ahora bien, si se analizan los criterios diagnósticos de la adicción se descubre un patrón conductual sobrecogedoramente similar al del enamoramiento.

Así, el adicto muestra una conducta de ansia exagerada e irreprimible por conseguir la droga; emplea mucho tiempo y esfuerzo en actividades relacionadas con la obtención de la sustancia, como desplazarse largas distancias o realizar, sin disgusto, los formidables movimientos que se requieren para la cópula, aun habiéndose ejercitado duramente en otros menesteres a lo largo del día; y antepone el consumo de la sustancia a sus actividades sociales, laborales o recreativas, descuidándolas. El parecido es manifiesto.

Con todo, el aspecto más frustrante de la adicción es su persistencia. La exposición a recordatorios del consumo de drogas, como lugares asociados al uso previo, puede ocasionar una recaída, incluso décadas después de superar la adicción. En el caso del amor, todos sabemos que una canción, una fotografía o un camino de vuelta a casa pueden tener el mismo efecto, reavivando la extinta llama del amor y abrasándonos por dentro.




¿En qué zona del cerebro se encuentra el amor?

Que los sentimientos amorosos no se forman en el corazón sino en el cerebro, es algo que la ciencia ha demostrado hace tiempo. ¿Pero dónde exactamente? Científicos de la Universidad de Concordia, en Canadá, han dado con la respuesta. Y aseguran que prácticamente coincide con el área cerebral donde reside el deseo sexual.

Concretamente, a partir de veinte estudios independientes que examinaban la actividad cerebral de distintos sujetos mientras observaban imágenes eróticas o fotografías de sus seres queridos, Jim Pfaus y sus colegas han llegado a la conclusión de que tanto el amor como el deseo sexual activan áreas del núcleo estriado y de la ínsula.

Sin embargo, las neuronas que se estimulan son ligeramente distintas. La región activada por el deseo sexual es la misma que se pone en marcha ante estímulos que causan placer inmediato como el sexo y la comida. Sin embargo, el área vinculada al amor está implica en procesos de condicionamiento mediante los cuales a aquellas cosas que nos generan una recompensa se les atribuye un valor, convirtiendo el deseo en amor.


Además, el amor activa también rutas en el cerebro que están involucradas en la monogamia. "Mientras el deseo sexual tienen un objetivo específico, el amor es más abstracto y más complejo, y no depende tanto de la presencia física de la persona hacia quien se profesa", aclara Pfaus, que añade que el amor es un hábito, "aunque no malo", que nos vuelve "cerebralmente adictos".






Translate